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jueves, 24 de enero de 2013

¿Caemos demasiado en el tópico de las películas porno?


El porno puede subir nuestra libido y fomentar las fantasías eróticas, pero también condicionar y estandarizar nuestro comportamiento sexual. ¿Estamos imitando a Nacho Vidal o a Traci Lords en la cama?

Si un extraterrestre llegara a la Tierra y quisiera ponerse al día de lo que aquí se cuece y de los comportamientos humanos viendo películas, series de televisión o documentales, tal vez llegase a la conclusión de que los terrícolas son seres poco inteligentes, que tropiezan muchas veces en la misma piedra y que malgastan su existencia consiguiendo papelitos verdes, que ellos mismos han inventado y que en sí mismos no tienen ningún valor, pero que acumulan en unos lugares llamados bancos. Conclusiones no muy alejadas de la triste realidad. Si este marciano quisiera profundizar en las conductas sexuales humanas, lo más fácil sería conectarse a Internet y ver videos o películas porno. Tras una sesión intensiva, es probable que llegase a las siguientes premisas:


1. Los machos humanos solo están preparados para cubrir a las hembras tras una sesión de un mínimo de 20 minutos de sexo oral. Ellas sin embargo, no necesitan tanta estimulación para ser penetradas.

2. Las relaciones sexuales entre terrícolas acaban siempre con el macho eyaculando en la cara de la hembra, lo que a ella le causa un gran placer.

3. En las cintas más antiguas se observa que los terrícolas tenían pelo en sus órganos sexuales, pero seguramente lo han perdido como resultado de un proceso evolutivo, al perder éste su función.

4. El sexo es una de las tareas más duras que desempeñan los humanos, requiere concentración, seriedad y gran esfuerzo físico.

Lo divertido o lo triste del caso es que ninguna de estas conclusiones sería cierta, o debería serlo, y el extraterrestre abandonaría nuestro planeta con una idea equivocada de lo que en principio es el motor que mueve el mundo.  

La respuesta a por qué no se hacen películas porno más inteligentes y dirigidas a un público de ambos sexos –hasta ahora están diseñadas, mayoritariamente, para satisfacer los deseos y fantasías de los hombres–, es la pregunta del millón, porque hay un amplio mercado femenino y hasta masculino que pagaría encantado por ver cintas más excitantes, menos mecánicas, con mayores dosis de imaginación y con diálogos –sé que no hay muchos– más reales. Recuerdo una peli porno vintage, de los años 70, inglesa, en la que el hombre preguntaba a su pareja: “Do you feel comfortable?” (“¿Estás cómoda?”). En principio poca gente puede sentirse cómoda a cuatro patas aguantando las embestidas de un machote de Glasgow, pero es que tampoco se trata de eso, ¿no?.

El problema reside en que la única forma de entrenamiento sexual que tenemos, a menos que uno sea un voyeur, son los libros o las películas, los únicos manuales que nos sugieren o nos muestran comportamientos en la cama. La literatura revela parcialmente y da pie a la imaginación, pero el cine muestra hasta los más mínimos detalles y algunos sexólogos empiezan a preguntarse si las nuevas generaciones, las que no han venido al mundo con una barra de pan bajo el brazo sino con una conexión Wifi, no estarán cumpliendo a rajatabla los does y don't que se resumen tras horas y horas de contemplación de películas X.

Mary Elizabeth Williams escribía hace unos años en su artículo títulado How not to make love like a porn star (Cómo no hacer el amor como una estrella del porno), en salon.com: “Pensar que se puede aprender a hacer el amor viendo películas porno es como pensar que se puede aprender a conducir viendo The Fast and the Furious”. Sin embargo, los gustos de los jóvenes parecen ser bastante uniformes en cuanto a tendencias sexuales. En el año 2008 Babeland.com, una sex shop online, hacía una encuesta entre chicas sobre las ideas erróneas que los hombres se habían forjado respecto a las mujeres a causa de las películas porno. En el ranking de resultados, los primeros puestos eran los siguientes:

1. Pensar que las mujeres solo tienen orgasmos con la penetración.

2. Creer que a las chicas les encanta el semen en la cara.

3.  Pensar que el sexo anal es sexy.

4. Tener la idea de que ellas prefieren los penes muy grandes.

Así, mientras las películas normales tiene cada vez menos escenas eróticas, –yo diría que han desaparecido totalmente–, las porno se parecen cada vez más entre ellas. La sexóloga Francisca Molero, directora del Institut Clinic de Sexología de Barcelona, se ha encontrado con pacientes que se quejan de que su pareja se comporta como un actor porno (en el mal sentido). Incluso algunos parecen mirar a cámara mientras están en faena. “La cuestión es que muchos tienen la idea de que imitar el comportamiento de las películas porno es sinónimo de ser el mejor amante. Incluso algunas mujeres u hombres se sienten culpables porque no les gusta lo estandarizado, lo que sale en la pantalla. El porno puede ser fantástico, estimular la libido o fomentar las fantasías sexuales. No hay nada malo en querer imitar una postura o algún comportamiento que hemos visto en alguna película X , siempre que nos atraiga. El problema está en no tener otro modelo, no seguir el propio deseo y ceñirse siempre al guión. Un guión en el que quedan excluidos los juegos, la seducción, el erotismo. La mayoría del porno que se consume ahora es mecánico y competitivo. Busca más lo cuantitativo que lo cualitativo y puede ejercer una influencia importante en los jóvenes, especialmente en aquellos que no han tenido aún experiencias sexuales. Un adolescente que ve una película sabe que lo que está viendo es una ficción, que no es real, pero si ve un video porno y no tiene otra referencia, es probable que piense que el sexo es así, que los hombres aguantan tanto, que un buen pene debe tener unas determinadas dimensiones, o que las mujeres tienen que empezar a gemir con tan solo rozarles los pechos”.

Muchos piensan que ya no se hacen películas como las de los años dorados de Hollywood, yo pienso que el mejor cine erótico se hizo con Enmanuelle o las películas de Russ Meyer, aquí todas las mujeres tenían algo en común: sus enormes tetas, pero cada una era una Supervixen a su manera.

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