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sábado, 12 de noviembre de 2011

La semilla de algodón, una fuente de nutrientes para la alimentación humana

La harina de la semilla de algodón tiene el potencial de alimentar a millones de personas tras ser sometida a un método para suprimir su toxicidad que es investigado por el experto en biología molecular de la Universidad de Texas A&M, Keerti Rathore. Este experto ha comenzado dando su semilla especial a las gambas, en uno de los estudios que espera que culminen con la harina del algodón en el plato de los seres humanos.

“La cantidad de semilla de algodón producida en todo el mundo satisfaría los requisitos básicos de proteínas de 500 millones de personas”, dijo Rathore en una entrevista con Efe durante una visita a Quito, como parte de un programa de intercambios auspiciado por el Gobierno de Estados Unidos.  
En un planeta que acaba de pasar el umbral de los 7.000 millones de habitantes y que ha sufrido alzas importantes del precio de los alimentos en los últimos años, encontrar una fuente no aprovechada de nutrientes es una perspectiva muy tentadora.
 La idea es de especial interés para los más de 20 millones de agricultores que cultivan algodón, especialmente en países como China, India, Estados Unidos, Brasil y Argentina, que ahora recogen la fibra blanca pero desaprovechan el resto.   Rathore gritó “Eureka” tras 10 años de trabajo en su laboratorio de la universidad texana, después de que durante algún tiempo tuvo que relegar el proyecto prácticamente a un hobby ante los fracasos iniciales. 
 El algodón cuenta con unas glándulas que secretan gosipol, un compuesto tóxico que le ayuda a defenderse de plagas y de la mayoría de los herbívoros, incluido, hasta ahora, el ser humano. Hace unos 50 años unos botánicos lograron una planta de algodón sin ese compuesto tras cruzar una variedad salvaje de algodón sin gosipol con las variedades comerciales.  
Fue un momento de gran entusiasmo, que llevó a realizar estudios entre seres humanos en África, India y América Central, donde se llegó a administrar a niños, y que probaron que la semilla de algodón era un buen nutriente sin efectos adversos, explicó Rathore. En la Universidad de Texas A&M un grupo de voluntarios las saló y “y a la mayoría le gustó el sabor”, dijo. No obstante, el proyecto fracasó porque las suculentas plantas de algodón sin gosipol fueron presa de todo tipo de insectos.
Tuvo que llegar la ingeniería genética para resolver el problema, de las manos del indio Rathore, quien en 2006 “silenció” el gen responsable por la producción de gosipol solo en la semilla, con lo que se mantienen las glándulas con el compuesto como protección en el resto de los tejidos. 
Desde entonces su equipo, compuesto por cinco personas, ha cultivado ocho generaciones de la semilla especial, tanto en invernaderos como al aire libre, y ha concluido que su peculiaridad genética “es estable y transmisible".
Con su hallazgo Rathore aspira a cambiar la relación entre el ser humano y el algodón, una planta originaria de África que se cultiva por su tejido desde hace 7.000 años, pero que produce 1,6 más semilla que fibra.
Actualmente el aceite de la semilla se aprovecha para consumo humano, pues es posible quitarle el gosipol por medios mecánicos y químicos, mientras que el resto se le da a las vacas, que son capaces de digerirlo gracias a los poderosos cuatro compartimentos de su estómago. Sin embargo, las reses son un vehículo muy poco eficiente para el procesamiento de comida, dado que necesitan 5,8 kilos de alimento para producir 1 kilo de carne. En cambio, la proporción en las gallinas es de 2 por 1 y en algunos peces como el salmón se acerca al 1 por 1.  
 Por su combinación de aminoácidos, a los camarones les gusta en especial la semilla, que Rathore también ofrecerá a pollos y cerdos en futuros estudios, según dijo. 
Sin embargo, cree que aun tardará unos diez años en cumplir los requisitos de seguridad impuestos por las agencias reguladoras de Estados Unidos y con ello sacar la semilla al mercado, pese a que Washington es el lugar más permisivo con los alimentos modificados genéticamente. En Europa, donde se concentra la oposición a que el ser humano altere los genes de lo que comemos, previsiblemente tardará mucho más. 

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