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lunes, 21 de marzo de 2011

LIBIA: Proteger civiles o proteger el petroleo?

Proteger civiles. Ese es el titular, la frase que vende, la idea que los dirigentes occidentales quieren dejar impresa en el cerebro colectivo de la opinión pública mundial. Proteger civiles es el objetivo declarado de los ataques a Libia y como todo objetivo propagandístico es de complicada aplicación. Con frases hechas, eslóganes y unas cuantas mentiras se iniciaron guerras en Afganistán e Irak. La primera, se pierde; la segunda, se empata. Son los civiles los que han pagado el precio más alto. Se trata de otros civiles, civiles que no salen en televisión. Sin una buena imagen no existe la realidad, solo es un rumor, un murmullo. Sucede con frecuencia en el Tercer Mundo. Sucede ahora en Costa de Marfil.
Matar o no matar a Gadafi, esa es la cuesión. Shakespeare. Hamlet. Libia.
Nadie se pone de acuerdo (en privado será peor) sobre los límites de la resolución 1973. Las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU son piezas de ingeniería jurídica expresamente ambiguas, así se da margen de maniobra a la diplomacia y a la guerra. Los ministros británicos de Defensa y Exteriores, Liam Fox y William Hague, se han hecho un lío esta mañana. Afirmaron que era legítimo bombardear a Muamar el Gadafi si las circunstancias lo aconsejan y por la tarde sus respectivos portavoces defendieron los contrario. En medio, el jefe del Petágono, Robert Gates, algo más experimentado en el arte de la apariencia y en las buenas maneras, había puntualizado que matar a Gadafi era un opción "poco sabia".
Debe de ser cierta la imagen de descontrol proyectada por los aliados si el pulsilámine secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, se ha atrevido a criticar que la comunidad internacional no hable con una única voz. Resulta sorprendente: él representa la comunidad internacional.
Tampoco está claro quién dirige las operaciones militares. EEUU no quiere aparecer al frente; la OTAN, tampoco. El único que está feliz en el centro del foco es Nicolas Sarkozy.
Una guerra sin objetivos concretos y confesables es una guerra que se embrolla, se desvía y acaba mal. El objetivo de esta no es proteger a los civiles, el objetivo verdadero es cambiar el régimen libio y permitir lallegada al poder de los rebeldes, una entelequia de la que no se sabe mucho. Para obtener resultados no bastan las armas, hay que tener la valentía política de usarlas y pagar un precio por ello. El primer paso es decir la verdad a la opinión púbica.
A diferencia de Irak en 2003, se trata de un objetivo legal si se acepta el supuesto de que la legalidad emana del Consejo de Seguridad de la ONU, donde se sientan los seis países que más armas exportan.
Una vez iniciados los bombardeos empiezan las disidencias, las dudas. El pues-yo-no-quería-tanto; se-han-pasado-con-los-aviones. El teatro.
La Liga Árabe, el organismo regional que solicitó la aplicación de una zona de exclusión aérea sobre Libia, se siente incómoda. Su secretario general, Amr Mousa juega a todas las cartas porque aspira a ser presidente de Egipto. El domingo sostiene una cosa; el lunes, otra. Casi como los ministros británicos. Hasta China y Rusia, que se abstuvieron en la votación del Consejo de Seguridad, se declaran contrarios. Y Alemania, que se alía con Turquiía para bajar el todo.
Todos simulan; todos menos Gadafi, a quien el cambio de decorado le cogió embutido en el disfraz equivocado.
La narración de la historia no arranca cuando 'nosotros' llegamos a ella. América no empieza a existir cuando la descubre Colón. Las guerras no estallan cuando 'nuestros' aviones bombardean radares y antiaéreos enemigos. Tampoco terminan cuando 'nosotros' decimos que terminan. La de Irak, por ejemplo, terminçó el 9 de abril de 2003, un día después de la muerte de José Couso, cuando soldados estadounidenses derribaron la estatua de Sadam Husein en la plaza del Paraíso de Bagdad. Fue una imagen para ser televisada en directo por la CNN. Una imitación del mito de Iwo Jima. La guerra real empezó el día que la Adminsitración de Bush creyó que había terminado la suya.
Gadafi no es Sadam Husein. Ni Libia es Irak. Tampoco Afganistán. Libia solo es desierto, unas cuantas ciudades y gente dura, curtida por el sol, el viento y la sed.
La historia es larga y tozuda, tampoco finaliza cuando 'nuestros' ciudadanos acuden a votar agradecidos por los esfuerzos realizados en la defensa de su estilo de vida. Las guerras siguen, se transforman, mutan, y los que eran amigos en la lucha contra el Imperio del Mal Soviético se transforman en enemigos del Gran Satán Capitalista y cometen atentados inimaginables en Nueva York y Washington.
Nadie aprende las lecciones del pasado porque nadie lee historia. Tampoco Gadafi, que olvió actualizar la última versión del manual Qué le Sucede a un Dictador Estúpido Cuando Deja de Ser Últil. Escribe el prólogo Manuel Antonio Noriega.
Vuelvo a Sun Tzu y a su libro El Arte de la Guerra: "Una victoria rápida es el principal objetivo de la guerra. Si la victoria tarda en llegar, las armas pierden el filo y la moral decae".

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